La primera cana

¡Hola de nuevo!

Me imagino a mí misma, dentro de unos años, frente al espejo. Quizás haciéndome una coleta, desenredándome el pelo después de haber salido de la ducha o cortándome un flequillo ahora inexistente. Me fijaré en un pelo que, como por arte de magia, sobresale por encima del resto. La “oveja negra” de mi cabello, a diferencia de que ese pelo es blanco. Me acercaré aún más al espejo para asegurarme de que no estoy perdiendo la cabeza y, quizás con cierto aire de resignación, me diré a mí misma: “No, no es rubio, es una cana”. Lo que sucederá después aún no lo sabemos. Quizás entre en absoluto pánico y arranque el pelo de raíz, como si cortándolo fuera a frenar la velocidad con la que pasa el tiempo, o quizás me dé exactamente igual. Puede que lo oculte entre el resto de mechones, avergonzada de mi primera cana a los… ¿30? ¿40? Tal vez se lo cuente a mis amigas y nos riamos (o lloremos) al comprobar que nos hacemos mayores. ¿Desembocará ese primer signo de envejecimiento en una crisis existencial que me haga replantearme si estoy aprovechando la vida tanto como me había prometido a los dieciocho? Quién sabe…

Lo que sí sabemos es que, por lo general, hacernos mayores, y sobre todo viejos, nos da un absoluto pánico. Más adelante analizaremos algunos de los motivos por los que nos negamos a aceptar los cambios que experimenta nuestro cuerpo con el paso del tiempo. Pero, como ya es de costumbre por aquí, primero quería compartir con vosotros algunos cuentos con los que espero que los más pequeños logren entender lo que es envejecer y que nos ayuden a formar a una nueva generación más amable con las arrugas, las canas y, sobre todo, con las personas mayores.

  • Abuelos, de Chema Heras; una tierna historia de dos viejecitos, Manuel y Manuela, que aceptan con naturalidad las huellas que dejan los años en sus cuerpos, encontrando la belleza en las arrugas, las canas, los labios secos, las pestañas cortas… Una preciosa manera de naturalizar y tratar con cariño los cambios que experimentamos con el paso del tiempo.
  • Abuelita, ¿te acuerdas?, de Laura Langston, nos cuenta cómo Marga ayuda a su abuela a recordar aquellas cosas que ella va olvidando. Representa, de manera realista, cómo es vivir la dureza del Alzheimer, pero logra compartir una visión muy bonita sobre el apoyo de los nietos a los abuelos durante esta enfermedad.
  • Las arrugas de la abuela, de Simona Ciraolo: en este conmovedor cuento, una niña pequeña descubre los preciosos recuerdos de su abuela cuando las arrugas de la vejez se convierten en maravillosos pliegues en el tiempo. Una arruga puede ser mucho más de lo que aparenta, porque cada pequeño surco de un rostro esconde su propia historia…

¿No os parece que el mundo va corriendo? ¿No os da la sensación de que, si paráis a respirar un segundo, ya os habéis descolgado del pelotón? Te compras un iPhone y, antes de quitarle el plástico protector, ya han sacado una nueva versión y el tuyo ha perdido valor. Vivimos en una sociedad del “mañana”, donde lo de hoy ya está anticuado. El tiempo de vida de la información, los objetos e incluso de las ideas es cada vez más breve y, paradójicamente, nuestra esperanza de vida es cada vez mayor. Entonces, si rechazamos todo lo que no sea actual, ¿no acabaremos desplazando también a las personas mayores?

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el edadismo “surge cuando la edad se utiliza para categorizar y dividir a las personas de maneras que generan daños, desventajas e injusticias, y erosionan la solidaridad entre generaciones”. Aunque puede afectar a distintas generaciones, la institución señala que las principales víctimas son las personas de mayor edad, recalcando que, en el mundo, se calcula que una de cada dos personas tiene actitudes edadistas hacia los mayores. (El mundo artículo)

Estar tan enfocados en mantenernos a la orden del día hace que nos olvidemos de todas esas personas que ya llevan bastantes años en este mundo. Puede que este sea uno de los motivos por los que quizás no hayas escuchado nunca antes el término geragogía. Como futuros pedagogos, no solo tenemos cabida en el mundo educativo ayudando a los más pequeños; el pedagogo tiene un rol importante en el cuidado y el aprendizaje de las personas mayores. Porque sí, los mayores siguen aprendiendo y tienen derecho a ser acompañados y guiados durante el proceso de aprendizaje. La geragogía busca fomentar el envejecimiento activo, la estimulación cognitiva, la autonomía y la autorrealización. Os recomiendo ver estos dos videos: el primero os ayudará a comprender mejor cuál es nuestro rol como pedagogos con la tercera edad y el segundo busca desmentir la idea de que las personas mayores ya no pueden aprender.


Un reciente estudio llevado a cabo por la UNED sobre el edadismo demostró que más del 52% de los españoles tienen un miedo notable a envejecer. Aunque, teniendo en cuenta la enorme industria que se sustenta sobre este pavor, cualquiera diría que la cifra es mucho mayor. Nos venden cremas milagrosas capaces de frenar el envejecimiento, tratamientos y cirugías estéticas que prometen eliminar las arrugas y cualquier otro signo que demuestre que has vivido. Las redes se llenan de rituales que aseguran poder devolverte a tus mejores años. Todos queremos vivir, pero sin que se note que hemos vivido.

¿Cuántas empresas, cuántos negocios se irían a pique si la mujer aceptara envejecer en paz? Porque no hablamos solo de elecciones individuales, sino de una industria millonaria que vive precisamente de que no estemos en paz con nosotras mismas: primero crean la grieta, luego venden el remedio. (MJ Caimari: "Envejecer en paz")

Nos enseñan desde pequeñas a temer a las arrugas, huir de las canas y buscar una piel lisa y perfecta, que no deje entrever que hemos caminado por el mundo. Nos obligan a avergonzarnos de los cambios de nuestro propio cuerpo, como si envejecer no fuera algo inevitable. Nos engañan haciéndonos creer que nuestro valor radica en la apariencia y nos someten así al eterno bucle del “autocuidado”. Pero no puede ser cuidado si obliga a las mujeres a odiar los espejos y a sentirse culpables por dejar libres a los signos de la edad. Como si envejecer fuera fallar. No nos enseñan que la vida deja marcas, que sonreír mucho forma arrugas y que amar desgasta la piel.

La belleza de la vejez es una belleza con historia. Es ser lunas con cráteres y pelo blanco. Es no esconder las arrugas porque dicen que he reído mucho, que he llorado cuando hacía falta, que me he enfadado, que me he caído. Cuentan lo que soy. (Lola Vicente: "No quiero ser j0ven, quiero haber vivido)

Pero yo no quiero ser joven eternamente, sino haber vivido. Quiero que se note que he sonreído. Que se note en las comisuras de la boca, en los ojos, en la piel que ya no es lisa porque ha sido tocada por el sol, por el viento, por otros cuerpos. Quiero que se note en mi frente lo mucho que he sentido, lo mucho que me han besado, lo mucho que me he enfadado y lo mucho que he llorado. Quiero que se note que he deseado, que me he equivocado. Que se note en mis muslos las marcas de amor, las grietas, las estrías. (Lola Vicente: "No quiero ser j0ven, quiero haber vivido)

El mundo sería mucho más amable si viéramos el envejecimiento como un privilegio. Y es que es un lujo poder llegar a tener arrugas, poder tener una vida llena de historia que contar, que en tu cuerpo quede constancia cada aventura, cada amor, cada desilusión, cada deseo hecho realidad.

Muchas gracias por haberme acompañado hasta aquí. Os recomiendo el libro Las gratitudes, de Delphine de Vigan, una novela sobre el envejecimiento y la importancia del acompañamiento durante esos últimos años. Y un clásico: El retrato de Dorian Gray, un libro que explora la búsqueda de la constante juventud.


Espero que os haya justado. No dudéis en compartir vuestros sentimientos acerca del envejecimiento: ¿os da pavor encontraros con la primera cana?




Comentarios

  1. Sandra, qué bonito y qué real. Me da mucha pena que no vayamos a poder estar orgullosos de envejecer, que se vea como algo malo cuando en realidad es normal, nos va a pasar a todos en algún momento de nuestra vida. Ojalá, cuando sea más mayor y me salga mi primera cana, pueda mirar al pasado y estar orgullosa de quién he sido y no arrepentirme de nada.

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