Usar las palabras
Hace unos días leí la siguiente frase: “Hay que usar las palabras, aunque no nos gusten. Y si las usamos lo suficiente, capaz que signifiquen algo distinto, capaz que logremos cambiar su significado.” Esta idea de Alejandro Zambra me dejó pensando. ¿Qué importancia tienen las palabras? ¿Qué pasaría si dejáramos de utilizarlas? ¿Qué compromiso tenemos con nuestra lengua?
Las palabras tienden a ser infravaloradas; están por todas partes, en todas las bocas, de todas las formas posibles. Quizás por eso no nos damos cuenta de que están ahí: pequeñas, silenciosas y ligeras, o más largas y contundentes. Algunas son difíciles de pronunciar y otras, de decir. Hay palabras feas y bonitas; algunas que duelen y otras que curan. A veces parece que las vamos a desgastar o que nos vamos a olvidar de cómo suenan. Las vamos aprendiendo con cuidado, con paciencia, de la mano de esas personas cuyos nombres son lo primero que nos empeñamos en aprender. Nuestro vocabulario crece, se expande a una velocidad inimaginable; nos convertimos en cazadores de palabras, hambrientos por encontrar el nombre de todo lo que nos rodea. A medida que crecemos, nuestra capacidad de engullir vocabulario se reduce, pero aprendemos a darles otros significados: las palabras empiezan a ganar historia. Nos apropiamos de las que más nos gustan, haciéndolas nuestras. Sin embargo, con los años, tendemos a perder palabras, a confundirlas y a mezclar sus sílabas; entonces volvemos a ser esos niños que se empeñan en pronunciar los nombres de las personas a las que más quieren.
Sin duda alguna, tenemos un “contrato vitalicio” con las palabras: debemos aprender a amarlas y a utilizarlas de manera responsable, siendo conscientes del poder que albergan. Es por ello que os traigo dos cuentos que buscan transmitir el valor de nuestra lengua y la importancia de cuidar lo que decimos; cómo nos hablamos a nosotros mismos y a los demás.
- El poder de las palabras: aprendiendo a ser feliz, de Soledad Carmona y Paco Ortega. Este no es un cuento al uso; se trata de un álbum que fomenta la reflexión sobre las palabras, su uso y el poder que albergan. Una frase tiene el poder de cambiar la percepción de nosotros mismos o de los demás. Se busca fomentar el pensamiento positivo y la construcción de un diálogo interno más amable.
- El cofre lleno de palabras, de Rebecca Gugger y Simon Röthlisberger. Este cuento nos ofrece una forma imaginativa de fomentar la reflexión y el afecto por el lenguaje y sus usos con los pequeños lectores. Narra la historia de Óscar, que un día descubre un cofre lleno de palabras; estas se escapan y comienzan a transformar el mundo.
¿Alguna vez habéis tratado de pensar en algo que no puede ser expresado con palabras? ¿Habéis logrado formular una idea clara al margen del lenguaje u os habéis quedado estancados tratando de encontrar “la palabra”? ¿Existe verdaderamente una frontera tan clara entre el pensar y el hablar como creemos?
Existen varias hipótesis que plantean que “todo aquello que podemos pensar de forma articulada, en realidad, ya está dentro de un marco lingüístico, aunque sea implícito o interno” (Álvaro Borges: ¿Hay pensamiento fuera del lenguaje?). Es decir, el lenguaje no es solo el medio a través del cual expresamos lo que pensamos, sino que es la estructura de nuestro pensamiento.
Un ejemplo de esto es cómo las normas lingüísticas con las que designamos los colores afectan a nuestra percepción cromática. Hay idiomas, como el ruso, que utilizan dos palabras diferentes para diferenciar el azul oscuro y el claro: goluboy y siniy. Los entienden como colores completamente diferentes, igual que nosotros entendemos el rosa y el rojo como categorías distintas. En 2007, científicos del MIT hicieron un experimento: pusieron a ingleses y rusos delante de una pantalla. Les mostraron un cuadrado de diferentes tonos de azul y les pidieron que los clasificaran lo más rápido posible. Los resultados mostraron que los rusos eran significativamente más rápidos (unos 124 milisegundos) diferenciando tonos claros y oscuros. Su cerebro, al tener dos palabras distintas, habría creado dos pautas cognitivas (o categorías neuronales físicas) diferentes. Los ingleses, al tener una sola palabra para el color azul, tenían que hacer un esfuerzo cognitivo mayor para notar la diferencia (Javier Ozón: El prisma del lenguaje: cómo las palabras colorean el mundo).
El relativismo lingüístico sigue siendo un tema controvertido. Personalmente, me gusta pensar que, de una manera u otra, las palabras que aprendemos modifican en mayor o menor medida la forma en la que vemos el mundo. Si somos capaces de nombrar con mayor precisión ciertas sutilezas, seremos capaces de apreciarlas con más claridad. Lo mismo sucede si utilizamos una misma palabra para varios conceptos diferentes. Las emociones son un claro ejemplo de esto: hemos “popularizado” una palabra como ansiedad. A día de hoy, decimos que tenemos ansiedad cuando estamos nerviosos antes de un examen, pero también para referirnos a un ataque de pánico. Perdemos entonces los matices del lenguaje y, según estas teorías, esto implica perder también ciertos matices de la realidad, o al menos de cómo la entendemos.
Tal y como dijo Ludwig Wittgenstein: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Si esto es cierto, la tesitura en la que nos encontramos es, para algunos, desoladora. El escritor Alejandro González García afirma en su pódcast que la situación actual es crítica: “nos están robando las palabras y nosotros las estamos regalando a cambio de comodidad”.
Hay una concepción generalizada sobre el empobrecimiento del lenguaje, achacado al uso de internet y las redes sociales. Un nuevo estudio publicado en la revista científica PNAS ha analizado 300 millones de textos extraídos de internet, mostrando una significativa simplificación del lenguaje debido a una disminución en el vocabulario, en el uso de formas verbales y a un menor respeto por las reglas sintácticas y gramaticales. El problema reside no solo en la pérdida de valor lingüístico, sino que, tal y como mencionaba anteriormente, atraviesa ámbitos sociales y políticos. Si la complejidad y los matices de las ideas que se comparten en las redes sociales (espacio actual del debate público) disminuyen, es posible que la profundidad de esas ideas también lo haga (Jordi Pérez Colomé: Internet muestra que la riqueza lingüística es cada vez menor).
“El lenguaje simplificado fomenta un pensamiento más binario y refuerza las identidades de grupo. Las redes sociales amplifican contenido emocionalmente cargado y polarizante, lo que encaja con estas narrativas simplificadas. Esta dinámica contribuye a la segregación y fragmentación de los debates, como vemos ahora, con audiencias que se especializan en diferentes plataformas. Los usuarios tienden a buscar contenido que confirme sus creencias, profundizando divisiones y limitando el diálogo entre grupos”, explica Quattrociocchi, profesor de la Universidad de La Sapienza de Roma y coautor.
No obstante, son muchos otros los expertos que aseguran que nuestra lengua no está sufriendo un deterioro, sino que simplemente continúa evolucionando y recibiendo influencias de otros idiomas, tal y como ha hecho desde sus orígenes. Pedro Álvarez de Miranda, destacado filólogo, lexicógrafo y académico de la lengua española, afirma que la “muerte” de ciertas palabras es inevitable; sin embargo, es más el léxico que se crea que el que desaparece: “La vida va ganando en riqueza y variedad de posibilidades, en complejidad. Al léxico, reflejo de todo ello, le pasa lo mismo”. (Pedro Álvarez de Miranda: ¿Empobrecimiento?)
Inevitablemente, más allá de si nuestra lengua está perdiendo facultades o no (personalmente, creo que aún no somos capaces de medir las magnitudes de los efectos de las redes sociales y la inteligencia artificial, sobre todo en las generaciones más jóvenes), como hablantes del español, pero en especial como futuras maestras, tenemos un compromiso muy especial con las palabras. Nuestra especial misión no es solo la transmisión de estas, sino que nuestros alumnos comprendan que cada palabra tiene el potencial de convertirse en un portal hacia un nuevo mundo, una nueva forma de entender la realidad. Que aprendan a encontrar belleza en las palabras y que comprendan el peligro que supone dejar de utilizarlas. Y para ello no hay mejor herramienta que la lectura y, en especial, según Alejandro González García, la poesía: “la poesía te obliga a manejar la ambigüedad, la metáfora, la complejidad; te vacuna contra esos eslóganes políticos simplistas”.
Por lo tanto, creo que la mejor manera de despedirme hoy es con un poema. Os comparto, en especial, uno de Gloria Fuertes con el que me encontré el otro día y que me alegró un poco el día:
¡Muchas gracias por llegar hasta aquí! ¿Cuál es vuestra opinión?

¡Hola!
ResponderEliminarAcabo de terminar de leer tu entrada y me dejó con una sonrisa y muchas ideas dando vueltas en la cabeza. Me encantó la frase de Zambra con la que empiezas. Creo que es verdad: las palabras tienen un poder enorme y, si las usamos con cuidado, podemos incluso cambiar lo que significan con el tiempo.
Mi visión personal es que las palabras son como pequeñas semillas. Algunas las plantamos sin pensar y luego crecen como malas hierbas (críticas, etiquetas, juicios…), pero otras las regamos con intención y terminan convirtiéndose en flores que alegran la vida de quien las recibe.
También coincido contigo en que el lenguaje moldea nuestra realidad. Desde que leí tu entrada no dejo de fijarme en cómo usamos la palabra “ansiedad” para casi todo, y cómo eso hace que perdamos matices de lo que realmente sentimos. Me pregunto cuántas emociones estamos simplificando sin darnos cuenta.
Como futura maestra, siento que tenemos una misión muy bonita pero también muy grande: enseñar a los niños no solo a leer y escribir, sino a enamorarse de las palabras, a respetarlas y a usarlas para construir en lugar de destruir. Quiero ser de esas profes que les ayuda a encontrar las palabras exactas para decir lo que sienten, porque creo que eso les dará más herramientas para ser felices y para relacionarse bien con los demás.
Gracias por compartir todo esto, por los cuentos recomendados y por el poema de Gloria Fuertes. Me voy con la sensación de que tengo que cuidar más mi lenguaje, tanto el que hablo como el que pienso.