Colorín colorado...
| Imagen generada con IA |
Nunca se me han dado muy bien las despedidas. Los hasta nunca o los hasta siempre se me atragantan y se me hace imposible pensar que pueda existir un mundo detrás de un adiós. Aún recuerdo el último día de primaria: llorando a mares, me despedía de mis profesoras, mis compañeros y del lugar que me había visto crecer durante tantos años. Con doce añitos comenzaba a perseguirme la certeza de que, cada vez que algo sucedía por última vez, el mundo, tal y como lo conocía, desaparecía para siempre y una parte de mí se quedaba atrás, jugando en el patio del colegio.
Se acerca el fin de curso y, con suerte, dentro de exactamente veinte días habremos hecho el último examen y comenzará ese tan esperado (y merecido) verano. Y aunque estoy deseando pasarme el día en la piscina, irme de viaje y dormir hasta las tantas, no puedo evitar sentir un pequeño pellizco en el pecho, porque cuando comiencen las vacaciones ya habremos vivido nuestro primer año de universidad y diremos adiós a esa versión de nosotros que, llena de miedo e ilusión, entraba en la Facultad de Educación a punto de comenzar un nuevo capítulo de su historia. Durante estos últimos días de clase empezaremos a despedirnos de nuestro primer año de carrera y, no sé vosotros, pero yo tengo mucho por lo que estar agradecida. Puede que no haya sido un curso fácil, pero ha estado repleto de aprendizajes y eso, para una estudiante de Magisterio, es lo más importante.
Para no romper la bonita tradición que hemos ido construyendo, quería compartir con vosotros algunos cuentos que tratan exactamente de eso: de las despedidas y el final de las etapas.
- No te vayas de Gabriela Keselman narra la historia de Catalina que nunca quiere despedirse de nada: ni del sol, ni del parque, ni de su diente… El cuento busca que los más pequeños comprendan que después de cada despedida llegan nuevos descubrimientos. .
- Adiós pequeño amigo de Helena Portella: Sara encuentra un patito recién nacido y, con ternura, lo cría día a día hasta que crece fuerte. La amistad entre ambos se hace inmensa, pero llega un momento en que escucha la llamada de los patos salvajes. Sara comprende entonces que debe darle alas para volar. Esta historia transmite la idea de que amar también significa saber soltar.
| Portadas de los cuentos (Amazon) |
A final de curso, antes de que acabe el año, los días previos a mi cumpleaños, en esos momentos en los que el mundo cambia sin pedir permiso y el tiempo pasa demasiado rápido como para que me dé tiempo a saborear cada segundo, me invade una sensación extraña. Una especie de nostalgia del presente, la necesidad de aferrarme a aquello que todavía está aquí y evitar que desaparezca. Inevitablemente, el tiempo me obliga a soltar y a enfrentarme a todo aquello que tiene preparado para mí.
Con el tiempo he aprendido que las despedidas duelen por dos. Duele decir adiós a alguien con quien compartías un presente y con quien soñaste un futuro. Pero también duele despedirse de la persona que eras mientras vivías ese momento, de esa versión de ti, quizás más feliz, más optimista, más ilusionada, que desaparece con ese último adiós. Da pánico pensar que nunca volverás a ser la persona que eras, que se ha marchado llevándose una parte de ti.
Pero toda despedida tiene esa belleza trágica: el último abrazo siempre dura unos segundos más, cierras los ojos y aprietas más fuerte. Antes de cerrar la puerta, miras la habitación vacía con más cuidado, por si en algún momento te atreves a olvidarla. Prometes que habrá un reencuentro, marcas una fecha con un círculo en el calendario y cuentas los días que faltan. O simplemente dices adiós, porque sabes que no existe otro desenlace posible, porque a veces despedirse es el final feliz.
Dicen que hacerse mayor es aprender a despedirse. Yo no puedo estar más en desacuerdo: pienso que no existe una manera correcta de decir adiós, no hay una rutina mágica para que no sea tan doloroso. Querer a alguien, incluso si ese alguien es simplemente una versión de ti, implica asumir el riesgo de que un día acabará y tocará decir adiós, con el corazón en pedazos, con los ojos llorosos o quizás con una sonrisa, pero muy probablemente habrá una última vez. Para mí, hacerse mayor es comprender que toda despedida lleva escondido un comienzo. Que para poder abrir nuevas puertas tenemos que salir de la habitación y, para conocer nuevas versiones de nosotros mismos, hay que saber soltar la mano a las antiguas. Crecer no es dejar de sentir tristeza cuando las cosas terminan, sino apreciarlas por haber existido y atreverse a dejar hueco a las siguientes.
Y aunque os pueda parecer extraño, la educación va exactamente de esto. Tal y como explica Esteve: “Saber desaparecer: ese es el último objetivo… Educamos para la autonomía… para que sean capaces de seguir su propio camino”. Nuestro objetivo como maestras será que llegue ese día que yo recuerdo con tanto detalle: el momento en el que nuestros alumnos se despidan de nosotras porque ya no nos necesiten. El día en el que tengamos que dejarles ir para que puedan seguir aprendiendo, creciendo y dejando espacio para todo aquello que les hará convertirse en la persona que quieran ser.
Incluso en ese momento creo que no habré aprendido a despedirme sin romperme un poco. Siempre se me formará ese nudo en la garganta y perderé la batalla contra las lágrimas cada vez que termine una etapa, se cierre una puerta o me despida de alguien importante. Pero tal vez no haya nada malo en ello. Tal vez algunas despedidas duelen precisamente por lo bonita que fue la persona a la que decimos adiós o la etapa que dejamos atrás. Y quizás ahí resida la suerte. Como decía Winnie the Pooh: “Qué suerte tengo de tener algo que hace que decir adiós sea tan difícil”.
Comentarios
Publicar un comentario